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20 julio 2017

La política exterior de los Estados Unidos hacia América Latina en la era Trump

Desde que en noviembre de 2016 se anunciaran los resultados de las elecciones que proclamaban a Donald Trump presidente de los Estados Unidos, expertos, especialistas, directivos y otras personas que trabajan en asuntos relacionados con América Latina no han parado de pedir consejos a sus fuentes sobre cómo será el enfoque de la política exterior del nuevo mandatario con respecto a la región. La incertidumbre que reina sobre este tema tras la victoria de Trump, que tomó por sorpresa a los líderes latinoamericanos – y al resto del mundo -, ha provocado previsiones negativas acerca de las intenciones de su gobierno. Aquellos que aún no han hecho saltar las alarmas se muestran, como poco, preocupados. No obstante, aún no está claro cómo los cambios en la política exterior afectarán a la región; los analistas ya han aprendido que intentar predecir los movimientos del presidente Trump es arriesgado.

Además, la administración se encuentra dando sus primeros pasos y el equipo de política exterior del presidente está comenzando a tomar forma. Por tanto, en lugar de alarmarse, parece más sensato dar un paso atrás y reflexionar sobre la forma en la que la presidencia de Trump podría cambiar el enfoque de los Estados Unidos y cómo afectaría a los distintos países.

Casi no se hizo mención de América Latina –con la excepción de México– durante la campaña presidencial y lo más probable es que la región carezca de importancia estratégica para la administración Trump. Ante la falta de iniciativas específicas relacionadas con la región, y teniendo en cuenta el lema que presidió la campaña electoral de Trump “América Primero”, este ensayo sostiene que la política exterior de la presente administración con respecto a América Latina se verá afectada por determinadas posturas sobre los temas que EE. UU. ha tenido como pilares principales de su política exterior en  la región desde finales de la década de los ochenta: libre comercio, democracia y gobernanza (soft power), y seguridad.

“Los analistas ya han aprendido que intentar predecir los movimientos del presidente Trump es arriesgado”

Las excepciones a estos posicionamientos relativos a los pilares principales, sólo se darán cuando la Casa Blanca considere necesario “cortejar” a algún miembro del Congreso de los Estados Unidos –en especial, un Senador– que tenga intereses en algún asunto concreto de política exterior en la región. Tenemos que permanecer especialmente atentos a aquellos que forman parte de los comités de relaciones exteriores e inteligencia, así como a los de subcomités del hemisferio occidental, tanto en la Cámara de Representantes como en el Senado. Puede que el presidente Trump necesite hacer algún trato para recibir el apoyo que tanto necesita, en especial entre los republicanos, para aprobar leyes clave para la política nacional que, al fin y al cabo, es lo que mueve la mayoría de las decisiones de la Casa Blanca. Veamos con más detenimiento estos puntos.

AMÉRICA LATINA NO ES PRIORITARIA… ¡UNA VEZ MÁS!

Hay que aceptarlo, la caída del muro de Berlín provocó un cambio en los intereses geoestratégicos mundiales de los Estados Unidos y, tras los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, América Latina dejó de ser una prioridad en la política extranjera de su vecino del norte. El expresidente George W. Bush comenzó su mandato en el año 2000 con claras intenciones de afianzar los lazos con la región. Como símbolo de su propósito, se invitó al expresidente mexicano, Vicente Fox, a visitar la Casa Blanca antes que a sus homólogos europeos o a su homólogo canadiense. Durante las ceremonias de bienvenida, Bush declaró que EE. UU. “no tenía relaciones más importantes en el mundo” que las que mantenía con México, un comentario que normalmente se asociaba más al Reino Unido. No obstante, los atentados terroristas en territorio estadounidense, que provocaron guerras en Afganistán e Irak, la batalla con al-Qaeda y el enfrentamiento con Irán, cambiaron el foco de su política exterior. Por su lado, el presidente Obama relegó la región a un segundo plano desde el principio, en gran parte debido a algunos de los motivos geoestratégicos ya mencionados previamente. Además, su propia iniciativa de política exterior se centró en un giro estratégico hacia Asia, especialmente con una China en rápido crecimiento, así como en alcanzar un acuerdo nuclear con Irán. Su polémica relación con Vladimir Putin, a quien inicialmente intentó apaciguar erróneamente, y el auge del ISIS en Siria e Irak le mantuvieron ocupado en que respecta a la política exterior. Los vecinos del sur de los EE. UU. quedaron relegados a un segundo plano durante su presidencia.

“El presidente Obama relegó la región a un segundo plano desde el principio […] su propia iniciativa de política exterior se centró en un giro estratégico hacia Asia, especialmente con una China en rápido crecimiento”

Teniendo en cuenta el número de cuestiones urgentes en materia de política exterior a las que se está enfrentando la Casa Blanca en otras partes del mundo, la escasa relevancia estratégica para Estados Unidos de América Latina no es probable que cambie bajo el mandato de Trump. Esta situación únicamente cambiaría si se diese en la región una circunstancia excepcional que pusiese en peligro la seguridad de Estados Unidos. El presidente Trump apenas hizo referencia a América Latina durante su campaña, más allá de utilizar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) como en contra de los acuerdos multilaterales de libre comercio y de hacer hincapié en la inmigración ilegal proveniente de la frontera entre Estados Unidos y México.

El nombramiento de un Subsecretario de Estado para los Asuntos del hemisferio occidental, el diplomático más importante de los EE. UU. con respecto a América Latina, tampoco ha sido una prioridad, puesto que ha sido necesario cubrir otros puestos clave dentro del Departamento de Estado. De hecho, uno de los primeros reveses del Secretario de Estado, Rex Tillerson, llegó durante su primera semana en el puesto, cuando el presidente Trump rechazó a Elliott Abrams, su primera elección como subsecretario de estado, debido a las críticas de Abrams a Trump durante su campaña. El puesto se cubrió finalmente a finales de mayo, cuando el Senado confirmó a John Sullivan para el cargo. Se trata del antiguo subsecretario de comercio de la administración de George W. Bush. En un primer momento, Trump escogió a Sullivan como su principal abogado dentro del Pentágono, pero tras una larga búsqueda para cubrir el puesto en el Departamento de Estado, se convirtió en el candidato que tanto Trump como Tillerson consideraban apropiado para  el puesto de subsecretario. Siendo justos, la lentitud en las confirmaciones de los nombramientos de varios puestos de la administración, no es sólo responsabilidad de la Casa Blanca. Los senadores demócratas también han paralizado las audiencias de confirmación de cada departamento que Trump ha propuesto, para desesperación de los republicanos.

“La escasa relevancia estratégica para Estados Unidos de América Latina no es probable que cambie bajo el mandato de Trump”

Mientras el máximo cargo diplomático de la región continúa vacante, conviene recalcar que la administración ha nombrado individuos con gran experiencia en América Latina para ocupar posiciones gubernamentales clave, aunque principalmente en seguridad y defensa. El General John Kelly, encargado de la Seguridad Nacional, dirigió previamente el Comando Sur de los Estados Unidos que, entre otras cosas, se encarga de supervisar la cooperación en materia de seguridad con América Latina y el Caribe, con la excepción de México. El subsecretario de Asuntos Internacionales de Narcóticos y Aplicación de la Ley, William Brownfield, es un funcionario de carrera diplomática con una larga trayectoria en América Latina, que ha ocupado el puesto de embajador de Colombia, Venezuela y Chile. Hace poco se han sumado otros latinoamericanistas al equipo: se nombró Subsecretario de Defensa para el Hemisferio Occidental a Sergio de la Peña, coronel jubilado del ejército de los EE. UU. que dirigía su propia empresa de consultoría que asesoraba a empresas estadounidenses interesadas en afianzar sus relaciones con gobiernos latinoamericanos; y a Juan Cruz, quien fue jefe de la CIA en Colombia, como Director de los Asuntos del Hemisferio Occidental del Consejo de Seguridad Nacional.

LOS PILARES DE LA POLÍTICA EXTERIOR DE LOS EE. UU. EN AMÉRICA LATINA: ¿CUÁL SERÁ LA POSTURA DE LA ADMINISTRACIÓN TRUMP?

 

Desde finales de la década de los ochenta, la política exterior de los EE. UU. con respecto a América Latina se ha basado principalmente en tres pilares: libre comercio, democracia y gobernanza (soft power) y seguridad. Desde presidentes republicanos como Ronald Reagan, George H. W. Bush y George W. Bush a demócratas como Bill Clinton y Barack Obama, las administraciones de los EE. UU. han apoyado estas tres áreas, aunque con enfoques ligeramente distintos.

Libre comercio

El libre comercio es quizás el área de la política exterior en el que la Casa Blanca está demostrando de manera más clara y sistemática su postura. El presidente Trump se ha mantenido fiel a su discurso electoral, a pesar de las opiniones de aquellos que vieron su campaña más como un espectáculo para atraer votantes que como una explicación de las políticas de su administración. Tan pronto como asumió la presidencia, sacó a los EE. UU. del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP, por sus siglas en inglés), centrado en Asia pero que también incluía a tres países latinoamericanos (Chile, México y Perú). Asimismo, ha reiterado su voluntad de renegociar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), así como todos aquellos tratados “que no benefician” a los Estados Unidos.

Los principales agentes del comercio y la inversión extranjera que conectan los EE. UU. y América Latina mantendrán una relación económica estrecha. EE. UU. es el principal socio comercial y el mayor inversor extranjero en Latinoamérica. En 2016, las exportaciones de EE. UU. a Latinoamérica alcanzaron los 353.400 millones de dólares, mientras que las exportaciones de Latinoamérica a los Estados Unidos sumaron 397.100 millones de dólares. Al mismo tiempo, las inversiones extranjeras directas de EE. UU. en la región alcanzaron los 46 mil millones de dólares en 2015.

Trump y sus asesores económicos han expresado su escepticismo hacia acuerdos multilaterales siendo partidarios de los tratados bilaterales. Independientemente de su estructura, los tratados de comercio que van a ser objeto de un minucioso escrutinio, son aquellos acuerdos en los que Estados Unidos tenga grandes déficits. Al examinar las cifras, es evidente que, si se elimina a México de la ecuación, Estados Unidos muestran un superávit comercial con América Latina. Se trata, sin duda, de un enfoque muy simplista del comercio, pero teniendo en cuenta el nacionalismo subyacente que se está extendiendo en el escenario político nacional de los Estados Unidos, el comercio con México  fue un importante foco durante  la campaña electoral y lo sigue siendo durante la presidencia.

Está claro que las revisiones del TLCAN encabezarán la agenda comercial. Trump ganó con un discurso vehemente sobre la defensa de los puestos de trabajo en Estados Unidos que han desaparecido por culpa de unos “malos acuerdos comerciales”, y no tiene intención de retractarse de una de sus posturas clave. La cuestión entonces es, ¿hasta qué punto se va a modificar el TLCAN? En 2016, el déficit comercial de EE. UU. con México fue de 63 mil millones de dólares, situándose las exportaciones de los EE. UU. en 231 mil millones de dólares y las importaciones en 294 mil millones de dólares. La elección de Trump y la retórica que la rodea ya han provocado una devaluación de dos dígitos del peso, lo que ha afectado significativamente a las previsiones de crecimiento de México para 2017 y 2018. No obstante, una revisión del TLCAN podría asimismo tener repercusiones negativas para las empresas americanas que llevan a cabo actividades comerciales en la región y es probable que los consumidores estadounidenses lo noten al estar habituados a unos precios más bajos en una gran variedad de productos, como coches ensamblados en México, piezas de automóviles e incluso en los aguacates, todos incluidos en el actual contenido del acuerdo. México es también aliado de los EE. UU. en cuestiones de seguridad, jugando un importante papel en el control migratorio y del narcotráfico. Estas son cuestiones sensibles y de alta prioridad para EE. UU., siendo fundamental la cooperación con México en las mismas. Es evidente que se van a producir cambios en los acuerdos del TLCAN, pero tendremos que esperar a que tengan lugar para evaluar la gravedad del impacto.

Es probable que el otro tratado multilateral de libre comercio en la región, el Tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos, Centroamérica y República Dominicana,  no sufra muchos cambios debido al superávit comercial de EE. UU., que ascendió a 5.500 millones de dólares en 2016.

En los tratados bilaterales de libre comercio con Chile y Perú, Estados Unidos también disfruta de un superávit comercial de 4.400 millones y 1.800 millones de dólares respectivamente. En el caso de Colombia, es probable que la administración Trump vaya más allá de las cifras comerciales y utilice el tratado de libre comercio con ese país como una herramienta para ampliar las negociaciones. El déficit comercial de los EE. UU. con Colombia alcanzó los 696,3 millones de dólares en 2016, pero en este caso el acuerdo comercial bilateral se enmarca en las negociaciones generales con un aliado clave en los esfuerzos por reducir el tráfico de drogas. Dicho punto incluye conversaciones sobre el plan Paz Colombia, que recibió un paquete de ayudas de 450 millones de dólares en 2017 de la administración Obama para el desarrollo económico, ayuda militar, y asistencia en materia de seguridad, así como el fortalecimiento institucional. Las previsiones para 2018 en lo que respecta a la ayuda de los EE. UU. destinada a Paz Colombia, según el presupuesto presentado al Congreso por la administración  de Trump, reduce las ayudas en un 21% en comparación con la financiación del ejercicio 2016. Además, la cooperación de Colombia con los Estados Unidos con respecto a la actual crisis política de Venezuela puede ser un factor clave en las conversaciones que afecten las relaciones entre Colombia y EE. UU.

“Trump ganó con un discurso vehemente sobre la defensa de los puestos de trabajo en Estados Unidos que han desaparecido por culpa de unos ‘malos acuerdos comer­ciales’, y no tiene intención de retractarse de una de sus posturas clave”

El comercio con Estados Unidos continuará siendo importante para otros países de América Latina. Después de México, Brasil sigue siendo el socio comercial más importante de la región. En 2016, el superávit comercial de los EE. UU. con Brasil fue de 4.100 millones de dólares, situándose las exportaciones de los EE. UU. en 30.300 millones de dólares y las importaciones en 26.200 millones de dólares. Al no existir ningún tratado comercial, ni estar planificado ningún acuerdo, no se espera que se produzcan cambios destacables. De hecho, tener unas buenas relaciones con Trump y su equipo, como es el caso del presidente de Argentina, Mauricio Macri, puede conducir a resultados positivos, en especial cuando la cuestión está alejada del foco mediático y no tiene repercusiones en la política presidencial. Tras la visita de Macri a la Casa Blanca, el Departamento de Agricultura anunció que levantaría el embargo a la importación de limones argentinos, lo que permitiría a los Estados Unidos importar limones del país sudamericano, uno de los mayores productores del mundo, a pesar de la oposición de los productores de California, estado donde, cabe destacar, el presidente Trump no recibió mucho apoyo durante las elecciones. El presidente Macri ha estado trabajando activamente para establecer una estrecha colaboración con Washington, posicionando a Argentina como un socio fiable en la región a través de su relación personal con Trump, fundamentada en operaciones inmobiliarias del pasado. Además, los Estados Unidos contaban con un superávit comercial de 3.900 millones de dólares con Argentina en el 2016.

Democracia y Gobernanza (soft power)

El término “soft power” fue definido por el profesor de la Universidad de Harvard, Joseph S. Nye como la: “capacidad de influir a otros para obtener los beneficios que uno quiere mediante la atracción en lugar de mediante coacciones o pagos”. En las últimas décadas, ese concepto ha sido una prioridad en la política exterior de Estados Unidos alrededor del mundo y una piedra angular de las relaciones de EE. UU. con América Latina. Los Estados Unidos han hecho un gran uso de ese enfoque para construir relaciones sólidas con otros países y afianzar su posición como líder mundial. El soft power ha propagado la cultura, idioma, tradiciones y valores estadounidenses por todo el mundo, popularizando el “American Way” e influenciando opiniones y políticas. Esta tendencia ha crecido exponencialmente debido al desarrollo de las nuevas tecnologías, los medios de comunicación, la era de la información y las redes sociales.

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La promoción de la democracia y la gobernanza se encuentra en el centro de estos esfuerzos. Su vehículo principal ha sido la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), fundada en 1961 con el objetivo de promover el desarrollo económico y los programas sociales a través de la ayuda internacional. Desde la década de los noventa, la prioridad en América Latina ha sido promover la democracia y una buena gobernanza, con notables programas en México, Centroamérica, el Caribe y la región andina. En concreto, Colombia ha sido un país clave, dado que la ayuda militar a través del Plan Colombia se acompañó de programas enfocados a afianzar el estado de derecho y una buena gobernanza en aquellas áreas que el gobierno estaba recuperando de la guerrilla durante sus décadas de Guerra Civil.

Este pilar es probablemente el que experimente el mayor retroceso con respecto a la política exterior de EE. UU. en la región. La administración Trump ha dejado claro que no le interesa promover la gobernanza democrática ni imponer los valores de libertad y democracia de los EE. UU., algo que quedó cristalino cuando el secretario de estado Rex Tillerson se dirigió al personal del Departamento de Estado y los respectivos diplomáticos para resumir la visión de Trump basada en “América Primero” con respeto a las relaciones de los EE. UU. con el resto del mundo. Tillerson enfatizó que las políticas y los valores no tienen por qué estar alineados, afirmando que si los Estados Unidos condicionasen sus políticas exteriores a que el resto de los países adoptasen sus valores, “se crearían obstáculos a [su] capacidad de desarrollar [sus] intereses de seguridad nacional y los intereses económicos”. El lema “América Primero” del presidente Trump, por lo que respecta a la política exterior, se traduce en que, según su punto de vista, se ha de priorizar la prosperidad económica y la seguridad estadounidense sobre todo lo demás.

“En las últimas décadas, [el soft power] ha sido una prioridad en la política exterior de Estados Uni­dos alrededor del mundo y una piedra angular de las relaciones de EE. UU. con América Latina”

La propuesta de presupuesto para 2018 de la administración Trump busca recortar  los fondos del Departamento de Estado y USAID  en un 32%, representando así una reducción del 36% para la ayuda a América Latina. La ayuda de EE. UU. a México disminuiría en un 45%, mientras que la destinada a Guatemala se reduciría en un 38%, la de Honduras en un 31% y la de Haití en un 18%. Los recortes presupuestarios podrían afectar – a un gran número de programas de ayuda en todo el mundo y se reducirían en más de un 50% las aportaciones a la educación e intercambios culturales. Seguramente el presupuesto se modificará en el Congreso, aunque se desconoce en qué medida. No obstante, todo apunta a cambios en la política de EE. UU. a este respecto

 

A pesar de estos significativos ajustes, es probable que las cuestiones clave relativas a la democracia y a los derechos humanos importantes para los legisladores republicanos ganen impulso, puesto que el presidente Trump necesitará su apoyo para cumplir con su programa de gobierno. A modo de ejemplo, es probable que el presidente tenga que intervenir en cuestiones como Cuba o Venezuela, quiera o no, puesto que son temas candentes en los que senadores como Marco Rubio jugarán papeles fundamentales en la formulación de la política estadounidense. De hecho, esto ya ha llevado  a Trump a rescindir algunas partes de las órdenes ejecutivas de Obama que relajaban el comercio y la normativa de viajes a Cuba, aduciendo que la Habana ha obtenido demasiadas concesiones de Washington sin contraprestación alguna, especialmente en materia de derechos humanos. El presidente puede aplicar estos cambios de forma rápida con pocas consecuencias políticas a nivel nacional. Mientras que algunos políticos y empresas estadounidenses querrían tener más acceso al mercado cubano, la realidad es que pocas de ellas incurrirían en pérdidas si las normativas de comercio y viajes se volviesen a endurecer.

Seguridad

La seguridad ha sido siempre uno de los pilares prioritarios de las administraciones de los EE. UU. en lo que respecta a América Latina. Está claro que las cuestiones de seguridad más importantes para los Estados Unidos seguirán siendo aquellas relacionadas con  Oriente Medio; ocupando principalmente éstas la agenda en materia de seguridad del presidente Trump y su equipo. En comparación con las crisis de Siria e Irak y las amenazas que surgen de grupos terroristas en Oriente Medio, África y Asia, Latinoamérica es una región estable. No obstante, la proximidad geográfica a Latinoamérica hace que cualquier disturbio en la región pueda traducirse en una posible amenaza para la seguridad de los EE. UU., haciendo que este pilar gane relevancia con respecto al enfoque de los Estados Unidos ante sus vecinos del sur.

Los altos niveles de criminalidad en México tienen un impacto directo en la lucha contra el narcotráfico y el control fronterizo en los EE. UU., a lo que se suma el reto de las organizaciones criminales transnacionales que operan en ambos lados de la frontera. Todo ello se agrava por la creciente escalada de violencia en el triángulo norte de Centroamérica (El Salvador, Honduras y Guatemala), en el que la oleada de violencia de las pandillas está fomentando la aparición de rutas comerciales de droga hacia los Estados Unidos. Este hecho provoca a su vez un aumento de la inmigración, puesto que los individuos huyen de la violencia en una de las regiones del mundo más peligrosas, en la que solo en 2015 se dieron más de  17.000 muertes violentas. La producción de droga en Colombia está aumentando de nuevo. El largo proceso de paz que ha desembocado en un acuerdo histórico entre el gobierno colombiano y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) ha venido acompañado de un cultivo récord de coca y producción de cocaína, además de la expansión de los grupos criminales. Las rutas de narcotráfico que se encuentran en Perú, Bolivia y Paraguay y que se extienden a partes de Argentina y Brasil siguen suponiendo un problema en la región, así como la expansión de flujos de droga en el Caribe (sobre todo en Jamaica, República Dominicana y Haití), que podrían tener consecuencias para Washington.

La seguridad seguirá siendo una prioridad principal para la administración Trump, pero es probable que el enfoque cambie. El presupuesto inicial propuesto por la Casa Blanca, que se está revisando en el Congreso, incluye reducciones en áreas de seguridad, si bien limitadas en comparación con los recortes en ayudas para el desarrollo. Es probable que la cooperación en seguridad se centre en iniciativas “duras”, como programas de intervención policiales e incautación de drogas. A la hora de identificar estrategias para frenar  el flujo del narcotráfico, Estados Unidos reconoce que es parte del problema, dado el índice de consumo tan alto que se da dentro de sus fronteras. No obstante, aunque se haya reconocido abiertamente el problema de demanda de EE. UU., en reuniones mantenidas recientemente con altos cargos de Colombia y México, tanto el secretario de estado Tillerson como el secretario de seguridad nacional, John Kelly, han continuado presionando a sus vecinos latinoamericanos para que aumenten sus esfuerzos en la lucha antidroga.

Otro factor que está recibiendo atención en el área de la seguridad consiste en la identificación y neutralización de posibles células de grupos terroristas en América Latina con el objetivo de romper sus relaciones con cárteles de narcotráfico y el crimen organizado. Varios funcionarios de los EE. UU. han expresado sus preocupaciones sobre esta cuestión y la administración Trump ha anunciado que formará parte de su programa de seguridad.  Informes recientes han desvelado que entre 100 y 130 ciudadanos de Trinidad y Tobago se han marchado del país para unirse al ISIS en Siria e Irak desde 2013. Este dato convierte al país isleño, con 1.3 millones de habitantes, en el país con el mayor porcentaje de reclutamiento del ISIS en el hemisferio occidental. Por otro lado, el Secretario de Seguridad Nacional, John Kelly, ha expresado su malestar debido al establecimiento por parte de Irán de más de 80 “centros culturales” en América Latina, una región con una población musulmana muy baja. “La implicación de Irán en la región y sus centros culturales resulta preocupante y se está vigilando de cerca sus acciones diplomáticas, económicas y políticas”, afirmaba Kelly. El Secretario de Seguridad Nacional también ha advertido que entre 100 y 150 personas de Latinoamérica y el Caribe viajan a Siria para unirse al ISIS cada año. Otros, sin embargo, cuestionan el nivel de esta amenaza y señalan que las células durmientes han estado inactivas desde que la cuestión salió a la luz tras los atentados del 11 de septiembre.

“La proximidad geográfica a Latinoamérica hace que cualquier disturbio en la región pueda traducirse en una posible amenaza para la seguridad de los EE. UU”

Las cuestiones de seguridad están muy interrelacionadas con las cuestiones nacionales y la Casa Blanca ha estrechado aún más esta vinculación. En general, la financiación para la seguridad aumentará, pero lo más seguro es que se note a nivel nacional. El presupuesto de la Casa Blanca requirió 44.100 millones de dólares para el Departamento de Seguridad Nacional destinados a infraestructuras fronterizas y a la aplicación de las políticas de inmigración. De dicha cantidad, 1.600 millones de dólares se destinarán a la construcción del muro físico entre la frontera de los EE. UU. y México que Trump prometió en su campaña y que continúa generando controversia entre Washington y América Latina. Dichos fondos también se utilizarían para aumentar el número de agentes fronterizos y personal de inmigración y aduanas. El Congreso de los EE. UU. tomará la decisión final en la distribución de los fondos.

Predicciones de futuro

Aunque es demasiado pronto para saber cómo será la relación de EE. UU. con América Latina bajo la administración Trump, la historia, así como un análisis en profundidad de las acciones y mensajes iniciales de miembros clave del nuevo gabinete, nos dan algunas pistas de lo que podemos esperar en los próximos cuatro años. Bajo la visión “América Primero”, es probable que el libre comercio, la democracia & gobernanza, y la seguridad (los tres pilares que han guiado la política exterior de los EE. UU. hacia América Latina desde los ochenta) deriven hacia un enfoque más pragmático que esta administración considere favorable a los intereses económicos y de seguridad nacional de los EE. UU. por encima de otros, aunque con algunas excepciones. En el caso del comercio, es probable que la próxima revisión del TLCAN tenga ramificaciones y se establezcan nuevos parámetros en la relación de los EE. UU. con México. Los acuerdos bilaterales existentes con países como Perú, Chile y Colombia no deberían sufrir grandes cambios, mientras que podrían surgir nuevas alianzas que priorizarán el establecimiento de condiciones económicas beneficiosas con países como Argentina. Por otro lado, valores estadounidenses como la democracia, la gobernanza y el apoyo a los derechos humanos, que han sido intrínsecos en la relación de los EE. UU. con la región en las últimas tres décadas, podrían pasar a un segundo plano favoreciéndose en su lugar aquellas iniciativas destinadas a promover la prosperidad económica y a mejorar la seguridad nacional. Aunque la ayuda estadounidense para la promoción del desarrollo, la gobernanza y la educación probablemente sufran grandes recortes, los programas de seguridad centrados en las iniciativas duras, como los programas de intervención policial e incautaciones, probablemente no experimenten grandes cambios, una clara señal de que la seguridad seguirá siendo una prioridad para la administración Trump. Sigue existiendo un alto nivel de incertidumbre en cuanto al futuro de las relaciones entre Estados Unidos y América Latina bajo el mandato de Trump, pero se prevé que la política exterior en la región refleje las prioridades pragmáticas generales establecidas por esta administración de los EE. UU.

Erich de la Fuente es socio y CEO de LLORENTE & CUENCA en Estados Unidos. Tiene un Máster en Estudios Latinoamericanos por la Escuela Diplomática de la Universidad de Georgetown, es licenciado en relaciones internacionales por la Universidad Internacional de Florida, y está realizando su doctorado en filosofía en el programa de la Universidad de Naciones Unidas-Universidad de Maastricht. Erich habla español, inglés, portugués, italiano y ruso. Previamente, fundó en 2001 EDF Communications. Erich se ha especializado en el diseño e implementación de estrategias de comunicación corporativa, asuntos públicos, comunicación interna y crisis, y es analista político y arquitecto de iniciativas internacionales de anticorrupción y buena gobernabilidad. [EE. UU.]

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